viernes, 12 de marzo de 2010

El Aullido de la Dama


Bestias en la noche

Presentacion
Hace frío aunque es primavera. La lluvia cae sobre mi piel blanca, cala mis huesos, moja mi pelo grisáceo. Los hombres me han visto. Huyo, oigo el alboroto, las mujeres y los niños lloran, los hombres corren tras de mi con estacas y antorchas. Están como perros rabiosos pero yo soy más veloz, más inteligente, no es fácil alcanzarme y menos sorprenderme. Mitad mujer, mitad lobo, conozco el mundo mejor que los hombres, conozco los mundos mejor que los lobos. Aquí empieza mi historia.

Me habían visto. Debía correr, llevaba días sin comer y mi presa era grande, un enorme niño gordo y gritón. Era la fiesta del pueblo; niños, mujeres y hombres, todos celebrando una gran fiesta. Me seria fácil ocultarme entre ellos si no fuera por mi hambre voraz; se servía carne de bovino, y los de mi especie no despreciamos ningún tipo de carne, pero mi hambre iba mas allá de un pedazo de carne: tenia no solo hambre, sino sed, una sed loca que no solo se sacia con buen vino, sed de venganza, sed de odio, sed de sangre... literalmente, por supuesto, jeje, pues cierto es que para el mundo animal soy un enemigo y el mundo humano es incapaz de escuchar. Aun así contuve mis sentimientos y mi hambre. Aturdida por el barullo de la fiesta, la multitud de gente, y la apreciada oscuridad, tropecé, caí de morros al suelo.

Me enfadé conmigo misma. Debía pasar desapercibida, no llamar la atención. Por suerte y rapidez, solo me vieron un chico joven (tendríamos la misma edad, él vino a ayudarme) y un niño, un impertinente niño que se burló, una enorme carcajada por mi torpeza. Enrabiada, con mi hambre y mi sed, no me contuve: le hinqué mis dientes en su débil cuello de niño. Fui rápida, pero no tanto como para aquel joven. Me vio. Él vio cómo asesinaba a mi presa, vio cómo una joven muy atractiva y dulce mordía causando la muerte a un niño, a una criatura de Dios, que gritó hasta que arranqué sus cuerdas vocales de cuajo. Perplejo, avisó al resto.

Corrí, pero ya me habían visto. Llevaba a uno de sus hijos colgando de mis fauces, ya convertida en una loba. Se podía sentir el odio en el aire y ver la satisfacción mezclada con el miedo en mis ojos. Ya conseguía huir, había esquivado palos, piedras y otros objetos que me arrojaban. Los esquivé todos menos uno, una estaca en llamas, algún hijo de puta me tiró su estaca; no tuvo puntería, apenas me rozó, pero el pelo arde rápido. Por suerte estaba lejos, tardarían un rato en buscarme y no se adentrarían de noche en aquel bosque, así que como pude me restregué por la hierba fresca recién nacida para apagar el fuego. Menos mal que momentos antes había empezado a llover y no me fue muy difícil desprenderme de las llamas. Pero gran parte de mí quedó quemada, no era mi día de suerte.

Dejé a mi presa muerta inerte en el suelo. Como pude cavé un hoyo para enterrarlo. Olfateé, debía saber dónde dejaba mi presa, y volví a mi forma humana para acercarme al río y lavar mis heridas. Acababa de cambiar a forma humana, con mi piel al descubierto, desnuda, cuando un enorme oso se plantó delante mio con cara de pocos amigos. ¿Cómo mierda había cometido ese gran error? ¡Estaba en la zona de los osos, justo en primavera, cuando estaban saliendo de su hibernación!

Corrí tanto como pude. Suerte que los osos son enormes y que yo ya no soy humana del todo. Su torpeza, mi rapidez, su hambre y desfallecimiento de acabar de despertar y los sitios estrechos me salvaron. Corrí completamente desnuda, con partes de mi cuerpo quemadas, sin nada que guardara mis pies. Corrí por aquel diabólico bosque hasta que estuve a salvo en mi pequeña cueva cerca del río. No sabía si dejarme caer en la cabaña hasta el nuevo día o salir.

Definitivamente no era mi día, pero esas heridas necesitaban agua y hierbas medicinales, así que me armé de valor, cogí un cuchillo y mi zurrón. Bajé al río, esta vez sin cometer ni un error más, por el camino cogí las hierbas que necesitaba, me bañé en el agua bajo la luna, las estrellas, y la lluvia. Me sentí bien por un momento, las heridas escocían pero no tenían tan mala pinta una vez limpias. Cogí mis cosas y fui de vuelta a mi pequeña cueva, a mi pequeño refugio, a mi pequeña casa. Machaqué las hierbas, preparé un jugo curativo que me apliqué para sanarme. Mañana iría a desenterrar mi presa y la llevaría hasta la cueva. Mañana sería otro día, pero hoy necesitaba descansar y meditar.


Foto tomada por mi en la playa, no tiene nada que ver con la historia pero me gusta.
Sata (Sandra Torrecillas)
Babetes y llepades per a tots!!

1 comentario:

Ovidio dijo...

Ta bien el relato, tata, es mu clásico (en cuanto al uso del monstruo), pero te metiste bien en la piel de la bestia y queda creíble y todo.

Saludetes, sube más fotos y relatos.